Por Eva Octavio, Coach colaboradora de Coaching Sostenible.

El ritmo de vida que muchos tenemos hoy en día nos ha llevado a convertirnos en experimentados gestores: gestionamos el tiempo, los pedidos, las facturas, las cuentas, la agenda, la limpieza y un largo etcétera. Ahora, ¿quién se encarga de nuestra gestión emocional?

Vivimos en la era de la revolución tecnológica, los ordenadores han revolucionado los sistemas de trabajo, internet le ha dado alas a la información para volar a cualquier lugar del planeta, los teléfonos nos acompañan a todas horas ofreciendo un sinfín de opciones y posibilidades en las que sumergirnos de lleno y poder “ver” o “vivir” el mundo desde una pequeña pantalla. 

Se persigue la eficiencia profesional y empresarial, eso nos empuja a rendir para ser productivos. Dominamos la competitividad pero sabemos poco de la cooperación.

En ocasiones nos olvidamos que no somos máquinas sino seres humanos, emocionales por excelencia, distintos unos de otros, únicos, auténticos. Así mismo la empresa puede no ser consciente de la importancia que tiene para la buena salud de su organización el estado emocional de sus trabajadores y la gestión que sepan hacer de ello.

Todo aquello que pretendamos conseguir a nivel laboral pasará inevitablemente por nuestro propio filtro emocional y la gestión que sepamos hacer de lo que sentimos tendrá su repercusión en todos los ámbitos de nuestra vida. 

Todos hemos sido testigos de qué forma nos han afectado particularmente las emociones a nivel laboral en distintos momentos de nuestras vidas. 

Probablemente una gestión inadecuada de dichas emociones no nos haya permitido adaptarnos de una forma saludable a lo que nos ocurría. Posiblemente esta gestión emocional desadaptativa se haya traducido en vernos abocados a trabajar rodeados de un clima pésimo, tomar riesgos laborales de forma incorrecta, sentir estrés o depresión, lo que puede haber derivado en absentismo laboral.

Tal vez hoy en día las dinámicas que – de forma general -la sociedad ha adoptado se focalizan en exceso en mirar hacia fuera a través de todas las herramientas que la tecnología y redes sociales nos ofrecen, así como el reto de compaginar la vida laboral con la familiar o personal y mantener un ritmo desenfrenado basado en el hacer. 

De esta forma pasa a un segundo plano el ejercicio de mirar hacia dentro, no permitiéndonos  o no disponiendo de nuestro propio tiempo para meditar sobre lo que sentimos con lo que nos sucede en el presente. 

Las emociones nos sirven para aprender de nosotros mismos y crecer a través de ellas, así como para prepararnos para la acción y evaluar en qué estado se encuentran nuestras relaciones. No son buenas ni malas, nos están informando de lo que nos sucede con algo en concreto. Por ende, todas ellas son palomas mensajeras que nos traen comunicados de gran interés. Intentar ignorar o evitar aquellos avisos que no nos hacen sentir cómodos no va a aportarnos ninguna solución a nuestros problemas ni evolución personal.

Poner nombre a la emoción, abrazarla, aceptarla, permitirnos vivir lo que sentimos y buscar respuestas adaptativas para cada situación son requisitos previos para poder dar un nuevo significado a nuestras emociones, así como para no apegarnos a ellas. Esto nos permitirá ser conscientes de cuáles son los recursos que nos faltan para poder buscarlos, discernir entre emociones basadas en hechos imaginarios o reales, así como detectar los procedimientos a realizar para conseguir sanar lo que nuestra emoción pide a gritos. Tomar las riendas de nuestra gestión emocional nos permitirá un mayor autoconocimiento, lo que nos aportará una mayor autonomía emocional, una actitud más positiva sobre la vida y ganar en autoestima.

¿Te atreves a actualizar tu sistema operativo para sumergirte en un mundo emocional?

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